miércoles, 1 de febrero de 2017

Cristina



Cristina


Se llamaba Cristina y era fanática de B52. Cristina no era un nombre común para alguien de mi edad. Por ese entonces ambas teníamos trece años y yo solo conocía a madres que se llamaban así.
Nada en ella era común. Ni siquiera la banda que le gustaba, que era alocada y colorida, con músicos de otra generación... de la generación de las Cristinas.
Coincidimos en un encuentro entre clubes, una suerte de intercambio entre el conurbano y la ciudad. Era sábado y los adolescentes del club de la Capital venían a pasar el día entero con los chicos del “campo”. Y es que el club Gimnasia y Esgrima de Ituzaingó para ellos quedaba lejos, en la otra parte de Buenos Aires, en el campo…
Ese día nos repartieron en equipos mixtos. Cristina estaba en el mío. Se presentó y habló sobre un video que se llamaba “Roam”, de su banda preferida. Algunos la cargaron sin maldad y ella se rio de sí misma, sin una mínima señal de enojo. No estaba de moda ver los videos de B52. En MTV había otros grupos que estaban sonando fuerte, como Guns N’ Roses o Aerosmith.
“Yo los conozco. Me gustan”, le dije. E inmediatamente nos hicimos amigas. Me impactó desde el minuto cero. No pretendía agradar pero agradaba. No hacía un personaje, era lo que era. Y esa autenticidad la destacaba.
La mañana transcurría con juegos de mesa, ping pong de preguntas y respuestas, y deportes de todo tipo. Nuestro equipo era el mejor: alegres, risueños, frescos, creativos, bulliciosos. Festejábamos todo, incluso los segundos o terceros puestos de cada competencia, y no pasábamos desapercibidos.
Era un día atípico. Recuerdo que miré a mi alrededor y todo me pareció lindo, hasta el cemento de las gradas, hasta el cielo que se nublaba por momentos. Tal vez porque me estaba divirtiendo. Recuerdo haber tenido una revelación inesperada. Una brisa que me decía: “quedate con este día, no lo sueltes”.
Los juegos transcurrían. Ganábamos, perdíamos. No importaba tanto. Ese día de primavera quería seguir estando ahí, y eso no era algo que me sucediera con frecuencia.
Cristina brillaba tan naturalmente que era imposible no querer saber algo de ella, caminar a su lado, observarla. Tenía el pelo castaño y lacio, y era más alta que yo. Flaca, de piel blanca. Llevaba unos shorts de jean, una remera violeta y un par de zapatillas blancas.
Cada chico que pasaba junto a ella la saludaba. Todos la respetaban. Y eso no tenía nada que ver ni con su nombre, ni con su grupo musical favorito, ni con su apariencia física. Ella era agradable y hablaba con cada uno: con el lindo, con el feo, con el canchero, con el rebelde, con el tímido, con el deportista, y hasta con el que no tenía habilidades para ningún deporte. Se percibía que tenía un lugar importante. Único.
Curiosamente, noté que era muy amiga de los varones. Me atrevería a decir que más que de las mujeres. Demostraba una habilidad que yo no poseía. En ese momento de mi vida, relacionarme fluidamente con el sexo opuesto era una tarea ardua. No sabía cómo. Y ella, al parecer, desbordaba de magia.  
Era esa amiga que cualquier chico quería tener: no le importaba jugar al futbol para ganar una competencia, pero por eso no dejaba de ser femenina. Cómplice. Compartía con ellos un código masculino y no la trataban como a una chica más. Con ella se reían, le daban un abrazo, la consultaban, la seguían. Cristina era Cristina.
Por este evento, el club estaba repleto de chicos de nuestra edad y también un poco más grandes. Uno me gustaba mucho. Se parecía a Craig Sheffer, un actor estadounidense que adoraba. Era el protagonista, junto con Virginia Madsen, de la película “Fire with Fire”. Vivían un amor adolescente, típico de las películas de los años ochenta que devoré con gusto a principios de los noventa. Lisa y Joe, dos polos opuestos, se conocían en un baile gracias a un intercambio entre escuelas. El chico rebelde y la chica rara se enamoraban locamente.
Al caer la tarde nosotros también nos preparábamos para un baile y una comida de club. Hamburguesas, gaseosas y música. Paraíso adolescente que recién empezaba a descubrir. Cristina no bailaba bien, pero bailaba. Y se relacionaba con los demás como si tuviera un don, una misión, un propósito. Un interés genuino por el otro. Incluso por mí, aunque apenas me conocía. Como si supiera que adentro mío se anidaba algo especial, que ni siquiera yo sabía si tenía.
En la calurosa noche de baile alterné pasos improvisados con miradas al chico que me gustaba. Quizás esa réplica nacional de Joe se dio cuenta de que me atraía. No lo supe. Era muy tímida para averiguarlo.
Cristina apareció a mi lado con uno de sus amigos, bailando “Love Shack” de B52, un tema que pidió especialmente. Él era un flaquito alto y rubio, que se acomodaba continuamente su pelo indomable, que empezaba a estar largo, como se usaba en esos años. Ella tenía la soltura de alguien que se despega del piso y hablaba con los dos, como si fuéramos tres amigos de siempre, de toda la vida.
De repente, de la nada, avisó que se iba a bailar “allá”, y señaló el lugar con el dedo. “Ahora vuelvo”, deslizó y cruzó el salón con una sonrisa. No dijo más y con toda su seguridad se empezó a acercar al gordito de camisa a cuadros, que estaba solo y aburrido. El rubio y yo la mirábamos con cierta fascinación mientras ella avanzaba firme, decidida. No le importaron las miradas de nadie. Ella sabía lo que hacía.
El silencio nos atrapó y yo solo me dediqué a tomar gaseosa y a taparme la cara con el vaso, sin saber bien qué decir.
“Todos la quieren”, comentó él, como si me leyera el pensamiento o solo para hablar de algo.
“¿Por qué?”, le pregunté, casi tontamente.
Y él solo dijo: “Porque es buena”.
Unas horas más tarde despedimos a los chicos del club de la Capital. Nunca más volví a ver a Cristina. Pero desde ese día supe que quería parecerme a ella, aunque fuera un poquito.







domingo, 16 de octubre de 2016

Lo que queda


“De mi estadía quedan las magias y los ritos,
Unas fechas gastadas por el soplo de un despiadado amor,
La humareda distante de la casa donde nunca estuvimos,
Y unos gestos dispersos entre los gestos de otros que no me conocieron”.
Olga Orozco



Lo que queda

Queda un soplo.
Algo de lo que era,
Una pequeña molécula.
Como si de eso dependiera la vida.
Reconozco muy poco de ese tiempo.
Prefiero olvidar cómo me dormía.
Prefiero guardar lejos
Incluso lo bueno.
Gasté el pensamiento de que
Estés en mi puerta alguna tarde.
Ya no espero nada.
No estoy más acá.
Me mudé,
No recuerdo el día.
Esto es lo que queda
De lo que conocías.





lunes, 18 de julio de 2016

Nómade



Nómade

Fulminante entró esa noche, sin pedir permiso. Siempre tan él, y
Una mañana se volvió a ir, fiel a su estilo errante. Así, sin freno,
Estalló aquí dentro todo; besó la piel y desgarró hasta los huesos.

Abrazos y penas que fueron y vinieron, solo con el viento.
Más dulce y pasional no pudo ser. Íntimo, bien nuestro, letal.
Olas de su voz construyéndome castillos de arena, todavía me sacuden brutales. Y
Retumba cada día su violento abandono, en horas y lugares insospechados.




sábado, 28 de mayo de 2016

Próxima


Próxima

Nada de lo viejo brilla.
Otra dimensión entró un día
Para rescatarme silenciosa.
Y nada de lo nuevo brilla
Todavía.
Pero en sucesos desconocidos
Se teje preciso el dominó
De esos hechos felices
Que esperan mi llegada.  





lunes, 25 de abril de 2016

La puerta


La puerta

La puerta
Me atormenta
Cada día.
Es el vacío, la ausencia.
La confirmación de lo roto.
La cara de lo no elegido.
Es el año que pasó
Con esos sueños sepultados.
Es el llanto mudo
De la tristeza bajo capas.
Es la crudeza de la Nada
Estrellándose infinitamente
Contra el vidrio.
Todas las veces,
Con la misma llave
Y en cada nuevo giro.